hace unos días me preguntaban mi opinión sobre la formación en diseño. este es un tema recurrente en las discusiones del sector y la verdad es que me tiene francamente preocupada.

volveré sobre ello pero de momento, y para no repetirme, remito a una entrevista que me hicieron en el mes de mayo pasado en EDUCAWEB, una web dedicada al mundo de la educación; la encontrareis en este link .

siguiendo con el tema de la formación, en estos últimos meses he estado viajando a diferentes sitios para dar charlas, conferencias, participar en mesas redondas o dar clase. a mi me gusta muchísimo hablar (por si no os habíais dado cuenta), y es muy raro que descarte ir a donde me llamen y a participar en lo que me propongan.

pero una vez he aceptado empiezan los problemas: soy muy exigente (o muy insegura, o ambas cosas a la vez) y me paso mucho tiempo preparando las intervenciones: me da mucho respeto pensar que habrá gente que acudirá adrede, que se quedarán allí sentados frente a mí dos horas, habiendo renunciado a sus otros quehaceres para venir a escucharme. siento que tengo que dar lo mejor de mi, transmitirles todo lo que sé y más si puedo: o sea mis dudas, mis temores, mis ilusiones.

además de preocuparme por el contenido, suelo enfadarme por los honorarios que se ofrecen: por más prestigiosa que sea la entidad, por más saneada que tenga su cuenta de resultados (o quizás por eso mismo), la remuneración que ofrecen a los enseñantes es francamente baja. algunos días, cuando regreso a casa a medianoche y destrozada por pasarme todo el día por allí dando tumbos y miro qué diferencia esto supone en mi cuenta corriente, me deprimo.

y es que las cuentas son, para una charla de dos horas en cualquier lugar de España a una hora de avión de Madrid:

2 horas de avión
2 horas de espera en aeropuertos (cuando no se tuerce la cosa)
2 horas de traslados casa-aeropuerto-sala de conferencias-aeropuerto-casa
2 horas de tiempo muerto (como mínimo, yendo, viniendo, esperando, …)
2 horas de conferencia
4 horas de preparación
2 horas de varios que pueden ser: almuerzo, cafés, entrevista a medios locales, etc.

son un total de 16 horas.

o sea que al final, al precio/hora hay que restarle los gastos (taxis, etc.) y después dividirlo por 8 para tener el ingreso neto. puesto así, no saldrías de casa.

claro que la cosa no está en saber si al final resulta en 15€/hora o 20€/hora. lo que importa es el coste de oportunidad, esto es, lo que podríamos haber ganado en esas 16 horas quedándonos en la oficina, haciendo otros trabajos (idealmente) mejor pagados. lo cual todavía da peor…

entonces, ¿qué sacamos en limpio de esto los que nos dedicamos a “hacer bolos”? ¿por qué lo hacemos, si está claro que por dinero no será? pues lo hacemos

por vanidad: siempre resulta halagador que alguien te llame, que crea que tu conocimiento puede resultar útil para alguien o en alguna parte

por generosidad: aún en los peores momentos queda algo de generosidad en nosotros y estamos encantados de compartir lo que sabemos y pensar que si alguien, en toda esa sala, aprende algo, o se conmueve, o se plantea alguna pregunta que no se hacía antes, o aprende a mirar las cosas de otra manera, habrá valido la pena

por curiosidad científica, por ganas de aprender: en las largas horas que pasas poniendo a punto la presentación, en las discusiones con los asistentes, en las pausas-café, en el almuerzo compartido con los organizadores, … el conferenciante siempre se lleva algo de valor, que reincorpora a futuros trabajos, a futuras presentaciones.

y resulta que a fin de cuentas no solo es un trato justo sino que el balance es positivo: cuando te esfuerzas y lo haces bien, que notas que te siguen con atención y que las sonrisas y las caras de sorpresa son genuinas y las felicitaciones son sinceras; y entonces te da ese “subidón” que te hace sentir que ha merecido la pena y no hay escandallos ni costes de oportunidad que valgan…¡y ya estás listo para la próxima llamada!

en una entrevista a Philippe Starck (este está saliendo mucho aquí, le pediremos comisión) que vi en la cadena ARTE hace muchos años, le preguntaban por qué hacía lo que hacía; y él, arqueando las cejas y poniendo carita de sorpresa confesaba: “pues como todos, para que me quieran”.

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