Es esa siniestra felicitación de que se me ocurrió colgar el 31 de diciembre ensombrece un poco el panorama, pero he contrarrestado iniciando el año 2010 en beauté como dicen los franceses, o sea, he empezado el año en París. Y esto es empezar con buen pie.

Llegué justo después de la nevada y la ciudad estaba preciosa. Pasé dos días caminando de un lado a otro de la ciudad, husmeando en tiendas y galerías, admirando como una cría las iluminaciones navideñas (oh la là, les Champs Élysées!), alimentándome del aroma de las crêpes y alegrándome la vista con los puestos callejeros de mariscos, los escaparates de panaderías y pastelerías, bombonerías y floristerías, disfrutando de las cenas con los amigos y, por supuesto, de largas pausas leyendo y viendo pasar a la gente, en esas terracitas cubiertas tan acogedoras (de las que hacen que París sea París y que ahora tan estúpidamente han proscrito en Barcelona). Yo que en Madrid no me apeo de los bares de acero, reconozco que desde un lugar como Le Rostand, por ejemplo, en la esquina del Boulevard Saint Michel frente al Jardin Luxembourg, se ve la vida de otra forma.

Allí, abordando el mundo desde un ejemplar ejemplar de Le Monde, valga la redundancia, me reconforta aprender que el Earth Policy Institute también ve las cosas de otra forma y ratifica con datos la tendencia global hacia una disminución en la posesión de automóviles, algo de lo que he hablado con anterioridad aquí. Estoy pensando enmarcar ese artículo y mandarlo al Ministerio de Industria, por los tiempos pasados, pero sería un brindis al sol…

Unas páginas más adelante Edgar Morin se explaya en un artículo que encuentro magnífico: “El elogio de la metamorfosis”. Me emociona que este gran filósofo vea también las cosas de forma distinta y preconice la necesidad imperiosa de un cambio: “Aujourd’hui, tout est à repenser, tout est à recommencer“, dice. Me entusiasma cuando dice que de hecho, todo ha vuelto a empezar ya, pero sin que se sepa, que estamos en un estadio de inicios modestos, invisibles, marginales y dispersos. Y reconoce que existe ya, en todos los continentes, un hervidero creativo, una multitud de iniciativas locales, en el sentido de regeneración económica, o social, o política, o cognitiva, o educativa, o ética o de la reforma de la vida. Morin reconoce en ellas el vivero del futuro. Y prosigue, invitándonos a identificarlas e impulsarlas porque serán las que nos lleven a una aún invisible e inconcebible metamorfosis. Para llegar a ella hay que desembarazarse de las ideas limitadas que son las que nos propone el pensamiento hegemónico y preconiza que esa metamorfosis pasa por la conciencia de la tierra, la alimentación de proximidad, las comunidades locales, las energías verdes, los transportes públicos, el retorno hacia la vida interior, el amor y la amistad, entre otros, pintando así un futuro por el que vale la pena esforzarse.

Me admira que una persona nacida en 1921 sea capaz de expresarse con esta claridad y esta fuerza, y sobre todo que sepa comunicar esta ilusión. Será lo de ser francés y listo; o será lo que tiene ser el presidente de la asociación del pensamiento complejo*.

París es lo que tiene: te sientas a leer un periódico y sales complejizada, pero feliz. Porque esto fue la parte relajada de la estancia: hubo más, y hubo diseño, por supuesto. Lo explicaré en próximas entradas.

*su web tiene un aspecto decepcionante pero todo cuanto dicen me resulta apasionante.

Anuncios