En los dos artículos anteriores (Visual 143 y 144) pintaba un panorama un tanto sombrío del sector del diseño en España y acababa con la pregunta sobre cuál era la compensación que hallaba para seguir implicada en él. El congreso de ICOGRADA celebrado en Madrid en este mes de junio me ayuda a dar forma a la respuesta: lo que me tiene enganchada al diseño es que es una disciplina nueva, que se va adaptando al mundo y a su transformación permanente, y que somos nosotros los responsables de que el diseño acabe logrando imprimir una diferencia positiva en la vida de las personas.
Lo vimos, por ejemplo, con los ponentes procedentes de diferentes partes del planeta, desde Australia hasta Canadá, pasando por Brasil, Sudáfrica, México o California. Por el relato de sus experiencias se percibía la variedad en las necesidades de cada comunidad y cómo el diseño responde con soluciones individualizadas: desde el objeto más sofisticado al más rudimentario, desde el símbolo más universal al más impregnado de historia y cultura locales. Es apasionante pensar que cada día, y en todo el mundo, profesionales formados alrededor de unos principios básicos más o menos compartidos, solucionan tal cantidad de necesidades distintas y de formas tan variadas. Y hasta qué punto, por la propia naturaleza de su actividad, son o no responsables, y en qué medida, de los excesos del sistema de desarrollo, cosa que también se discutió en el congreso.
Además de las particularidades en las soluciones, comentaba la también ponente Elizabeth Pastor (esta madrileña de pro que se metió a los americanos en el bolsillo por lista y por tenaz), que en un mismo momento coexisten diseños de diversos tipos: desde lo que ella llama el Design 1·0, que sería el diseño de toda la vida, hasta el Design 4·0 que corresponde a lo que denominamos diseño social[1].  Esta otra diversidad de la disciplina también me parece relevante: el diseño para todos, el ecodiseño, el diseño de interacción, el diseño de servicios, o el diseño social, son tantos otros campos con los que el diseño puede realmente mejorar la calidad de vida de las personas.
Cierto es que le exigimos mucho al diseño, pero es una disciplina joven y hay que ver si, como sector, ha alcanzado el punto de madurez suficiente como para poderse desenvolver en un contexto tan exigente como el actual. Y precisamente esto encaja en el tercer modelo de análisis que pretendía aplicar a la hora de analizar el diseño, el del ciclo de vida de la industria. Con él se trata de determinar en qué fase se encuentra una empresa o un sector, de entre las cuatro principales: nacimiento, crecimiento, madurez y declive. Las variables que se combinan para efectuar dicha apreciación son, básicamente: el número de clientes y su comportamiento (si repiten compras, etc.); el número de productos (que en este caso sería la diversidad de campos que abarca el diseño) y el ratio de renovación; el proceso de producción y de distribución; la investigación; la internacionalización; la estrategia global; la competencia; el riesgo que comporta; y los márgenes y beneficios que genera. Sin entrar en mucho detalles, es fácil intuir que el diseño está verde en todos y cada uno de estos aspectos, excepto tal vez en la competencia que, como ya vimos en el artículo precedente, está muy desarrollada. Pero en todo lo demás hay un largo camino que  recorrer: clientes potenciales que todavía no ven claro para qué les sirve el diseño, clientes adquiridos que no confían plenamente en él; nuevos desarrollos del diseño de muy reciente aparición; procesos y métodos del diseño que todavía están por definir y parametrizar; sistemas de distribución (y de venta) de las empresas de diseño que ni siquiera son reconocidos como tales; investigación incipiente, y deficiente, porque el diseño no está afianzado en el sistema de educación universitario; internacionalización del diseño compleja, en parte como consecuencia de lo anterior; gran volumen de riesgo por la falta de capitalización de los negocios, por su pequeño tamaño y su baja productividad;  y, por lo mismo, escaso volumen de márgenes y beneficios.
Visto así, es evidente que hay mucho que hacer, muchos campos en los que mejorar: en la política de promoción del diseño y en el terreno académico, es cierto, pero también y sobre todo en cuanto a la gestión de las propias empresas de servicios de diseño para lograr que sean más robustas, que sigan creando empleo y generando riqueza, y que encuentren una senda de rentabilidad que las haga sostenibles a largo plazo. Cuanto más estable y eficiente sean la base del sector, mayor y mejor impacto puede producir el diseño en la sociedad. Desde aquí puedo oír a los diseñadores protestar porque otra vez hablo de dineros cuando el diseño es cultura, y que este camino no nos ha llevado a nada bueno, etc. Yo no creo que sea nada malo que los diseñadores se ganen bien la vida; es más, sé de un par o tres que están muy interesados en ello…
Otro ponente en el Congreso de ICOGRADA, el diseñador canadiense David Berman[2], comentaba que el 90% de los diseñadores que han existido en el mundo están vivos en este momento; o sea, que lo que el diseño acabará siendo en el futuro, depende de lo que estamos haciendo ahora. A mí me parece que hacer que el sector del diseño crezca, se consolide y pueda tener un impacto cada vez mayor en la vida de las personas, es un reto interesante. Y por esto estoy aquí, y desde hace más de 15 años ya, feliz de contribuir con mi pequeño esfuerzo a que esto ocurra.


[1] Para información adicional y definiciones, ver www.humantific.com y X. Viladàs (2010), El diseño a su servicio.
[2] Ver: www.davidberman.com
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