estuve en Portbou, en el encuentro de diseñadores gráficos, autodenominado el Woodstock del diseño.
Portbou es un pueblo fronterizo, y por lo tanto extraño, con el encanto triste que tiene el desarraigo, apenas compensado por la magia de esa costa ampurdanesa. es raro estar contemplando el mar y oír el chirriar de los trenes entrando en la mítica estación. es raro que el lugar más silencioso del pueblo sea su puerto, mínimo, escondido. es raro que el monumento a Walter Benjamin (el único atractivo cultural de Portbou) siga siendo, después de los años, tan impactante y sencillo, tan bueno.
en cuanto al encuentro: muchas horas de agradable desayuno en el chiringuito de la playa (estupendos bocadillos y buen café, por cierto), cenas multitudiarias en el bar de la Rambla (estupendo servicio), muchas horas de agradable tertulia en el bar Voramar (estupendos gintonics, si señor), y entre tertulia y tertulia y desayuno y cena: conferencias, talleres y alguna exposición.
¿quién va? profesionales muy buenos: X. Alamany, Laura Meseguer,Andreu Balius y su inseparable Raquel Pelta, Alvaro Sobrino y su inseparable Pitu, Leo Flores (el ilustrador, no el culturista), los de pimpampum (Anna Fuster i Daniel Julià), Enric Borràs, los de Bildi Gráfics, Pilar Górriz, el de la librería Nijhof and Lee, de Amsterdam, y seguro que olvido a más de uno.
¿de qué se habló? de tipografía, de ilustración, de chapas, de la ecología en la imprenta, de coleccionismo, de máquinas de escribir, de libros.
¿qué se expuso? máquinas de escribir, libros de Alianza Editorial, y una magnífica colección de carteles de Wim Crouwel (que al final no pudo asistir personalmente)
¿vale la pena? sí. para desconectar de la rutina cotidiana y para conectar con gente joven y profesionales muy buenos.
¿mi balance? reencuentros (con Alex Verdaguer, ex alumno, por ejemplo), encuentros (con Julio Estrela, por ejemplo, o con David Quay), sorpresas (Fernando Oddone, un virtuoso del rótulo a pincel venido desde la Argentina, o Lluis Fernández, el chef del restaurante Els Pescadors de Llançà, el pueblo de al lado, un incondicional de La Festa).
¿lo que funciona? todo, pero en slow motion: el programa muta, se adapta, los horarios son flexibles, los emplazamientos son variables. todo acaba funcionando porque estamos entre diseñadores y ya se sabe.
¿lo que no funciona? la organización: nunca se respetan los horarios, los programas, los carteles. para una control freak como yo, es una dura prueba, pero es precisamente lo que hace que la Festa sea especial, distinta. al fin y al cabo, rige la ley del mercado: si no pagas nada, no exijas nada. y además, ¿quién va a exigir, y para qué? al contrario, hay que colaborar y disfrutar.
al final, Portbou es tan pequeño que siempre acabas encontrando a la peña. y si no estás a gusto, te vas al chiringuito a tomarte una caña frente al mar y se te pasa todo.

así que, por mi, que me inscriban para el año que viene, que voy.

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