Una reflexión sobre el problema del déficit en las cuentas públicas a partir de las teorías sobre evaluación de intangibles.

Pensando en el problema del gasto público del que tanto se habla estos días, me llama la atención que la polémica se centre tan solo en la amplitud del déficit pero que nadie cuestione el concepto mismo del déficit. Haciendo una transposición de las normas básicas de la evaluación de intangibles que estoy estudiando por mi investigación sobre el valor del diseño (1), se me ocurre que si pudiésemos denominar en euros el impacto de las políticas sociales y poner este importe en el otro plato de la balanza, el resultado contable cambiaría y la percepción del problema sería también distinta.

En efecto, las normas de la contabilidad que utilizamos no nos permiten trasladar a términos monetarios el resultado de inversiones en activos intangibles, aunque éstas cada vez sean más numerosas y más relevantes para nuestra economía (2). La “Cuenta de Pérdidas y Ganancias”, tal como la conocemos, sólo recoge el gasto en intangibles, es decir, unas cantidades de dinero que se funden dentro del ejercicio anual sin dejar un rastro individualizado y específico en el Balance; y esto se debe a que el Balance, esa  institución que ha sobrevivido sin cambios sustanciales desde que lo inventaron los mercaderes venecianos en el s. XV, da poca o nula cabida a lo intangible.

¿Y por qué ocurre esto? La razón por la cual no sabemos medir los intangibles es que no tienen un comportamiento similar a los demás bienes económicos, en el sentido que 1) no se agotan, sino que se multiplican con el uso, 2) pueden adquirirse sin que medie una transacción económica, como en el caso del conocimiento, y 3) no están sometidos por lo tanto a la ley de los rendimientos decrecientes. Es lógico pues que la economía clásica, con las herramientas de la época, no los pudiese ni evaluar ni mucho menos contabilizar; simplemente, no se tenían en cuenta.

Hoy, sin embargo, se es consciente de que gran parte del valor que se genera en la economía viene determinado por las inversiones en capital intangible: el capital humano, el estructural y el relacional (3). El problema está en que si no podemos probar el valor económico de un activo estimando su riesgo y su impacto, es difícil justificar la necesidad de invertir en él: esto es lo que nos sucede con el diseño y lo que estamos tratando de solucionar con metodologías que todavía están en fase de pruebas pero que tienen sentido desde el punto de vista científico. Para evaluar lo que gana la empresa con una inversión en diseño o en formación, por ejemplo, se establece un sistema de cálculo por aproximaciones mediante un conjunto de herramientas que tomamos prestadas, en parte, de las ciencias sociales (encuestas, etc.). En otros casos, lo que hacemos es buscar variables “proxy”, esto es, estimaciones que se acercan a lo que queremos evaluar. Por ejemplo: para entender el beneficio que me aporta una inversión en procesos de calidad puedo hacer una evaluación del coste de la “no-calidad” y calcular lo que tengo que gastar para subsanar lo que está mal hecho: sumo lo que dejo de ganar con las piezas que he tenido que descartar, lo que me cuesta arreglar los defectos, las rebajas que tengo que hacer sobre el género tarado, etc., y esta suma de hipotéticas pérdidas es una estimación de lo que “gano” (dejo de perder) con una adecuada política de calidad.

Si trasladamos esto a la esfera macroeconómica, el problema es el mismo: no sabemos denominar en euros el retorno de la inversión social sobre el “bienestar” porque 1) no se trata de un impacto directo, unívoco sino que es difuso, 2) los conceptos a evaluar no son tangibles y, 3) su impacto es lento y no se agota en un solo ejercicio. Si se pudiese medir, sin embargo, dispondríamos de una información más adecuada para la toma de decisiones. Pensemos entonces en cómo se pueden estimar estos impactos.

En el caso de la inversión en enseñanza pública, por ejemplo, y simplificando mucho, partiríamos de la hipótesis que genera a largo plazo un incremento de la renta y una mejor distribución de la misma, y lo que haríamos es registrar las modificaciones en estas dos variables para un periodo fijado y tratar de establecer la relación entre ellas y la inversión realizada en origen, llegando una fórmula del tipo:

retorno de la inversión en formación = incremento de renta / inversión en formación

Con ello nos encontramos con el mismo problema que tenemos a la hora de evaluar el retorno sobre la inversión en diseño en la empresa: aunque tengamos constancia, por otros medios, de que el diseño mejora globalmente los resultados de la empresa, ¿cómo podemos aislar la variable diseño de los demás factores? Y, en el caso que nos ocupa, ¿cómo sabemos qué porcentaje del incremento de la renta de un país se debe a la mejora en la educación y lo que se debe a otras inversiones? Conocer esta cifra nos daría la clave para, en ausencia de cualquier otra consideración moral o ideológica, tomar decisiones respecto a la inversión a realizar.

Tomemos otro ejemplo: para estimar lo que “vale” la paz social, podemos encontrar una variable proxy similar a la que hemos utilizado en el ejemplo de la calidad: según la recopilación que hizo Wikipedia (4) a partir de lo publicado en la prensa, 4 días de tumultos en Inglaterra en agosto 2011 tuvieron el siguiente coste económico:

  • Los comerciantes de Tottenham estimaron los daños en varios millones de libras.
  • El comercio minorista perdió al menos 30.000 horas de funcionamiento.
  • La Asociación de Aseguradoras Británicas estima que el sector tendrá que pagar más de 200 millones de libras.
  • Las pérdidas estimadas en Londres se estiman en unos 100 millones de libras.
  • El Financial Times informó que un análisis estimaba que 48.000 empresas locales (tiendas, restaurantes, pubs y discotecas) habían sufrido pérdidas financieras como consecuencia de los saqueos y disturbios en las calles de Inglaterra.

Haciendo el sumatorio de las cantidades exactas tendríamos lo que cuesta la “no paz” durante 4 días y sería factible hacer una estimación del coste que vamos a tener que asumir en un periodo de tiempo dado si seguimos con los recortes en las políticas sociales…

Está claro que estos son ejemplos muy rudimentarios y que la realidad es mucho más compleja; pero quiero creer que si se está resolviendo el problema de la evaluación de los intangibles en el ámbito de la gestión, las conclusiones se pueden aplicar en el plano macroeconómico. En plena “economía del conocimiento”, obviar la posibilidad de este enfoque y refugiarse en el mero déficit contable de las políticas sociales es quedarse en una visión obsoleta de la realidad y/o hacer trampa.

 

1: ver este artículo o este otro (más resumido y más reciente)

2: ver la obra de Baruch Lev, por ejemplo, reseñada aquí.

3: ver  Adams y Oleksak, Intangible Capital (Praeger 2010)

4: ver Wikipedia

 

 

 

Anuncios